Antes llovía mucho, y llevábamos un saco para taparnos de capucho, hacíamos el capucho del saco.
Pepe nació el 16 de noviembre de 1928 y creció en la Pola, en el seno de una familia numerosa de trece miembros —diez hermanos, sus padres y su abuela— donde la escasez era una constante. Los primeros años de Pepe estuvieron definidos por la sencillez y el esfuerzo. Criado en un entorno de recursos modestos, pronto comenzó a colaborar en las labores del campo, asumiendo responsabilidades que marcaban el ritmo de su día a día, cuidando vacas y ovejas, lo que le impedía asistir con regularidad a la escuela. Recuerda con respeto y temor a su maestro, «el Patacón», y a las duras condiciones de una educación en la que los castigos físicos eran frecuentes.
Su vida transcurrió entre varias viviendas familiares, como Casa Rafaela, el «cuartelón» donde vivía «la Beludia» —una mujer de carácter— y finalmente El Chano, donde su padre logró comprar unas fincas. A los diez u once años comenzó a trabajar como criado en distintas casas, cuidando ganado y realizando labores del campo. Cumplió el servicio militar en Pamplona y en la frontera con Francia, donde destacó como atleta, ganando varios campeonatos de carrera.
Tras licenciarse, continuó con trabajos eventuales hasta que, ya casado con María, se fue a Bisuyo y se dedicó intensamente a la madera, trabajando en la sierra, durmiendo en el monte y enfrentándose a lobos y otras fieras. A lo largo de su vida, mantuvo un profundo conocimiento de la naturaleza: usaba el sol para guiarse por la hora, las estrellas como el «lucero del alba» para orientarse de noche y seguía los ciclos de la luna para las siembras y las tareas con la madera.
De sus diez hermanos, muchos fallecieron durante la guerra, y hoy, con 96 años recién cumplidos, solo quedan él y una hermana nonagenaria. Pepe, testigo de un siglo de cambios, evoca una época de gran dureza pero también de un profundo y práctico vínculo con los ritmos de la tierra y el cielo.